15 de marzo de 2020

paseo comidista por París

Empecé a escribir esta entrada el martes yendo en tren a Santiago. No me imaginaba que seis días después estaría en casa en las circunstancias que estamos.

Sin embargo, creo que está bien publicarla igual aun con su tono ligero y banal y que nos sirva para soñar en tiempos difíciles.

Gracias a todas las personas que nos estáis cuidando, nos toca hacer lo propio siendo responsables y pensando en comunidad. Yo tengo mucha suerte, estoy muy bien acompañada en el encierro y voy a intentar tener todo lo cerquita que pueda a mi familia y amigos.

Pero hoy, la entrada es para Carlos. Que representa mejor que nadie lo que intento contar siempre en el blog, que uno es feliz cuando la gente se sienta a comer lo que se ha preparado con cariño. Gracias por tantas cosas. Quiero una sopita de cocido contigo :)

Todo irá bien.


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Empezamos.

Hacía mucho tiempo ya de mi último paseo comidista.

¿No he viajado? Menos de lo que me gustaría. A veces, tengo la sensación de que el viajar se ha complicado un poquito y que ya no soy tan joven como antes y me inquieta... Sin embargo, siempre surgen oportunidades y hace unos días tuve la suerte de poder pasar un fin de semana en París.

Ir a esta ciudad siempre es recomendable, el plan no tiene fisuras. Con solo pasear y comer croissants en buena compañía se puede ser todo lo feliz que una quiera. Este sería mi resumen del paseo comidista, pero para los que os gusten mis textos sabaneros, me voy a extender un poquito más.

Ha sido un viaje turístico en el que no contábamos con recomendaciones locales de restaurantes, tiendas o bistrots a los que ir. Por tanto, jugamos la carta del azar y a veces salió bien y a veces no. Callejeamos por zonas emblemáticas y también por zonas no tan transitadas y paramos allí donde el hambre, el frío o el cansancio dictaran.

Advirtiendo también que no fue un fin de semana de lo más saludable comidísticamente hablando —por si alguien está en este blog mas perdido que un pulpo en un garaje buscando en un viaje a París recetas sin queso o mantequilla— vamos al lío.

Día 1

Llegamos el viernes por la noche y subimos hasta Montmartre. Mi rodilla quejumbrosa aguantó bien las tropecientas escaleras y vimos el horizonte de París con niebla y frío. Ya al subir (semos gente previsora) habíamos fichado un pequeño lugar con encanto en una callejuela secundaria sin demasiada gente que pintaba bien. Así que al bajar, allí paramos. Se llamaba L'été en pente douce.


Sintiéndome Amélie Poulain.
Pedimos una sopa de cebolla. Esta versión de la sopa era súper aromática (romero, tomillo, estragón) y muy picante, tanto, que me hizo quitarme la capa jersey cual cebolla (de ahí el nombre). El otro entrante que probamos fue una terrine de jambon (una especie de fiambre frío de jamón asado) que no estaban muy allá, sin embargo, la aparentemente sosa ensalada que lo acompañaba sí que estaba muy buena. De segundo, para compartir, pedimos un trozo de quiche Lorraine que cumplía más que de sobra las expectativas. Para postrear, una rica tarta de ciruelas y limón acompañada de nata de verdad. Yo no suelo pedir cosas con nata montada en España porque la nata es una chufla normalmente, pero ains, cuando está buena, qué buena está.


La sopita con su costra de queso crujiente y sus croutons que son los primos elegantes de los picatostes.
8º mandamiento. No codiciarás el salmón de tus vecinos de mesa.


Yo por un momento pensé que nos iban a traer la quiche entera.


Día 2

Desayunamos en un barecillo cerca del hotel: cacao con leche, zumo de naranja (no natural, decepción) y un croissant. El cruasán medio en Francia debe ser como uno bueno aquí. Así que tan contentos. Ya teníamos energía para caminar. 


Desayuno sin diamantes.

Nuestro plan era bajar por el boulevard de La Villette hasta Belleville y tuvimos la suerte de que los sábados montan puestos de mercado en una zona de la calle. Es un mercadillo de barrio, para ir a hacer la compra semanal, con sus vecinos, su algarabía... daba gusto verlo. ¡Qué puestos! 

Se podía comprar de todo: hortalizas, frutas, hierbas frescas, quesos, mantequillas, pan, dulces, carnes y pescados, comidas preparadas regionales y exóticas, flores... Me puse muy contenta porque nos lo encontramos de casualidad y lo disfruté como una enana. En ese momento caían chuzos de punta, pero gracias a las lonas de los puestos, se amortiguaba la lluvia.


Piensa en verde. 
Mi amigo Ramón solo se alimenta de esto durante el confinamiento.



La casa del quesero, ¿que sería? Perdonadme.

Su Excelentísima Majestad, Alcachofa I de Cedeira.

Untémonos de hummus. Hummémonos.

Aquí sí que había quiches enteras.

Tan pronto un toldo de pescadería como una caseta de playa

Más adelante, en Belleville entramos en la primera boulangerie pâtisserie y pedimos un brioche de canela (aunque, tras probarlo, era más un cinnamon roll yankie, ejem) para seguir con la ardua tarea de ver barrios bonitos.

Hacia la hora de comer estábamos paseando por Le Marais y el tercer arrondissement (distrito) y nos acercamos a ver le Marche des Enfants Rouges. Es uno de los mercados que se conservan más antiguos de París, es pequeño, con encanto (todo en París tiene encanto 😂) pero hoy en día es un mercado claramente enfocado al turismo. Tiene puestos de venta y también para comer. Lo vimos, siempre está bien ver cosas, pero desestimamos la idea de comer allí. En general, fue difícil encontrar donde comer en ese barrio, había mucha gente en hora punta.

Sin embargo, nos encontramos un local de estética hipster que ofertaban sandwichs variados y sopa del día y nos pareció una buena opción para comer algo, descansar y no darle muchas más vueltas al Marais ya que para ese momento es posible que llevásemos doce o trece kilómetros recorridos. Cosi, así se llamaba el lugar, quizás no es el sitio que de entrada buscaríais, no suena a francés, pero nos gustó mucho. Bueno, bonito y relativamente barato. Nos tomamos un bol enorme de crema muy sabrosa de zanahoria y coliflor y un bocadillo de pan parecido a la focaccia que horneaban allí mismo en un horno de piedra, había un tipo amasando y horneando en bucle. Mi relleno fue de pavo y manzana con curry y no fui capaz de acabarlo. Además, una cosa buena es que en Francia, por normativa, en todos los sitios te deben ofrecer una jarra de agua del grifo de forma gratuita.


Se podía nadar ahí dentro.

Ir a París y comer un bocadillo, Paul Bocuse llora en un rincón.
No tomamos postre, pero al rato, tras un amago de siesta en un banco de la plaza de la Bastilla —no tenemos vergüenza—, pedimos una porción de flan de apricot en otra panadería y nos la comimos por la calle. El flan parisiene o flan pâtissier es una tarta de masa quebrada, masa sablé... rellena de una especie de crema pastelera con nata con una textura cercana a nuestro flan que está maravitupenda que diría mi amigo Juan.

Seguimos caminando y comenzó de nuevo el diluvio.

La paseanta que escribe empezó a encontrarse debilucha, cansada, algo mojada y con mucho frío —aclaro que yo el viernes tenía fiebre y fui causando incomodidad comprendida entre mis compañeros de vuelo— y necesité otra parada táctica. El momento crítico nos cuadró en la ribera del Sena, no lejos de Notre-Dame y entramos en un café con terraza acristalada donde había gente con té y pastas, cerveza y comida o copazos. Toda una mezcolanza representativa del turismo de la ciudad. Si menciono este lugar es porque pagamos cinco euros por un menta poleo de sobre y otros cinco por un café con leche. Que carisino. Se veía venir.

Un poco más adelaaaante... hay un verde naranjeeel... 

Retomo. Un poco más adelante, después de haber visto las obras de Notre Dame (os recomiendo entrar al post de Webos Fritos sobre las obras de la catedral), la Ile de la Cité, acercarnos hasta el Pompidou y al Louvre para empaparnos de arte y cultura por transmisión aérea (ya que no entramos en los museos) nos comimos una crêpe (de crema de avellanas y chocolate y de queso respectivamente) en un puestillo callejero. 

Con el visto bueno de la merienda seguimos ruta hacia el Barrio Latino y los Jardines de Luxemburgo que estaban cerrados, como el resto de parques y jardines de París, por temor al viento. Siendo de Coruña y viviendo en el faro, aquello no era viento, sino brisilla y no tenían porque haber cerrado los jardines sino abrirlos para mi disfrute.

Por la noche salimos a cenar por la zona del hotel después de haber descansado un ratiño. No fue la mejor experiencia, escogimos una especie de restaurante cerca de la zona de la Gare du Nord, pero no nos trataron muy bien. Nos cobraron el agua y no fueron precisamente amables. No fue esta la tónica del viaje, pero lo que sale mal, pues también se puede contar. Cenamos una ensalada correcta y un croque-madame y un croque-monsieur muy mejorables. Así que los mejoraremos en el blog un día y me quedaré a gusto.

Este platillo consiste en la versión francesa del sandwich mixto: un emparedado relleno de jamón cocido y buen queso, cubierto por salsa bechamel y gratinado. Se diferencian en que el croque-madame, además, lleva un huevo a la plancha encima. 


Este NO fue nuestro croque-madame, pero el amigo Stu Spivack de flikcr me deja compartir su foto.
Día 3

Tras la experiencia del día anterior, decidimos no desayunar cerca del hotel y hacerlo en alguna de las muchas panaderías que nos encontrásemos por el camino. De esta manera, no iríamos mirando sus escaparates como personillas que llevaran días sin comer y nos evitaríamos la tentación y liada posterior de Jean Valjean. Además, teníamos dos plátanos traídos desde Galicia con los que yo no pensaba volver y se podía así predesayunar.

Llegando a la zona de la Ópera compramos un croissant y un chausson de pommes y en una cafetería cercana pedimos un café. Aprovechamos el barrio para entrar en alguna épicerie (ultramarinos) y tiendas de quesos que estaban abiertas para ponernos los dientes largos.


Mi reino alcachofero vendido al primero que me traiga un hojaldre diosmediante.


Dámelo todo.
Si no apruebo las opos, me monto un tinglao así en Coruña.

Nos esperaba la torre Eiffel. Poco después de pasar la iglesia de la Madeleine y la plaza de la Concordia empezó a llover muchísimo y ya no paró. Buscando refugio de camino a la torre, paramos a comprar una baguette para comer a pellizcos y aprovechamos para debatir profundamente sobre si elegir bollería con o sin "enriquecimientos" en la primera vez.

Explico el debate. Mi postura defendía que si una pieza de bollería está muy bien hecha, no le hace falta nada más. Por tanto, me gusta aprovechar los buenos sitios para probar cosas “austeras” (dentro de todo lo austero que puede ser un brioche con un 70% de mantequilla, ejem). La otra posibilidad es preferir de entrada aquellas piezas que lleven siempre algo más, véase crema, chocolate, frutas… Por ejemplo, yo siempre hubiera pedido la primera vez el flan del día 2 sin albaricoques. El punto de acuerdo fue probarlo todo y chimpún.

Como el día se complicó mucho meteorológicamente hablando, después de ver la torre Eiffel y sacarnos las fotos pertinentes, decidimos coger transporte público para llegar el barrio latino y buscar un sitio para comer. No dimos muchas vueltas y nos decidimos por un pequeño local, sin nada especialmente destacable, en el que pedimos de nuevo sopa de cebolla para entrar en calor (mejor que la de la primera noche) y una crêpe de queso para madame Cernuda y una pasta con pollo y mostaza para monsieur Dapena.


Dos tazas de sopa, por favor. 
Reinterpretación francesa del plato de Harvard. 

Como ya no se podía pasear más, pues había ratos de aguanieve y mucho viento desagradable, pasamos lo que nos quedaba de tarde antes de irnos al aeropuerto en una cafetería con vistas a Notre-Dame, tomando un chocolate y jugando al Mastermind

Eso, también es París.


¿Quien no se acuerda de Johnny Depp en Chocolat? ;)

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