23 de marzo de 2020

galletas de avena y manzana

Galletas de avena y manzana

Dentro del confinamiento, la cocina me está entreteniendo mucho, como no podía ser de otra forma.

Preparo un menú para toda la semana (¿queréis que os lo comparta?) intentando que sea saludable hasta donde mis conocimientos llegan. El menú contempla comidas y cenas. En alguna de ellas, dejo espacio para la I+D donde pueda probar y fotografiar platillos nuevos. También cedo algún momento en los fogones a terceras personas porque tengo tendencia a acaparar. Aplicando conocimientos ASFitos abro la mano a los grados intermedios de la escalera de participación, e incorporo algunas peticiones especiales de los habitantes de esta casa como celebración cuarentenil. Además, hacemos pan algún día y el finde cae receta dulce.

Cierto es que lo de los menús semanales llevo ya bastante tiempo haciéndolo. Intento tener en cuenta, lo que está en temporada y lo que tengo en la despensa. En épocas de estar menos en casa me suelo decantar por rentabilizar tiempo y hacer varias comidas a la vez aunque ahora prefiero ir de una en una. En esta época de encierro, ayuda a mi salud mental el haber elaborado esta rutina concreta (aunque solo llevemos un menú hecho y otro en ciernes) y a nuestra salud física, el planificar las compras para minimizar salidas.

Hoy comparto la receta dulce de este domingo. La vimos en el El Comidista hace unos días, en el post dedicado al nuevo libro de Miriam, Sin azúcar ni mantequilla, que todavía tengo pendiente. La receta, a su vez, está inspirada en esta otra de Lucía Martínez de Dime que comes, de la que también os recomiendo su podcast, Zumo de Araña.

Son unas galletas de textura abizcochada, bastante sanotas y muy ricas. Por tanto, más que recomendables.

Y eso, que en esta ocasión, yo solo he hecho la foto :P


Ingredientes (16 galletas)

· 150 g de compota de manzana espesa
· 100 g de yogur griego
· 120 g de copos de avena
· 80 g de harina de trigo integral
· 30 g de azúcar
· Una manzana 
· Media cucharadita de levadura química
· Un pellizco de canela
· Un pellizco de sal

Preparación

1. Mezclamos todos los ingredientes en un bol excepto la manzana entera (compota, yogur, copos de avena, harina, azúcar, levadura, canela y sal).

2. Pelamos la manzana y la cortamos en daditos pequeños. Se lo añadimos a la masa anterior. Es una masa pegajosilla.

3. Preparamos una bandeja con papel de hornear y precalentamos el horno a 190º o 200º C.

4. Formamos las galletas ayudándonos con una cuchara. Nos salieron aproximadamente 16 galletas de unos 5 cm de diámetro.

5. Horneamos durante 15 minutos hasta que las veamos doraditas.

6. Dejamos enfriar en una rejilla sobre el propio papel, pues al sacarls del horno son frágiles y blanditas.

Notas

- Si no queréis usar yogur griego, lo que podéis hacer (yo lo haré en futuras ediciones) es escurrir un yogur natural. La noche anterior colocáis el yogur sobre papel absorbente y todo, a su vez, sobre un colador (como si fueseis a hacer labne).
- Podéis hacer la compota de forma más tradicional, cociendo la manzana con agua. Si vais con prisa, también os puede apañar el microondas. Simplemente tened en cuenta que buscamos una textura de compota espesa, así que dejadla reducir bien o también podéis ponerla a escurrir.
- La compota es aromatizar con un palo de canela, vainilla o alguna monda de cítricos. En esta ocasión, usamos naranja. 
- La masa de las galletas también admite variaciones. Podéis cambiar la canela por jengibre, añadir pasas, frutos secos, etc.
- Si buscáis una textura más crujiente, tenéis que hacer las galletas muy finas.

15 de marzo de 2020

paseo comidista por París

Empecé a escribir esta entrada el martes yendo en tren a Santiago. No me imaginaba que seis días después estaría en casa en las circunstancias que estamos.

Sin embargo, creo que está bien publicarla igual aun con su tono ligero y banal y que nos sirva para soñar en tiempos difíciles.

Gracias a todas las personas que nos estáis cuidando, nos toca hacer lo propio siendo responsables y pensando en comunidad. Yo tengo mucha suerte, estoy muy bien acompañada en el encierro y voy a intentar tener todo lo cerquita que pueda a mi familia y amigos.

Pero hoy, la entrada es para Carlos. Que representa mejor que nadie lo que intento contar siempre en el blog, que uno es feliz cuando la gente se sienta a comer lo que se ha preparado con cariño. Gracias por tantas cosas. Quiero una sopita de cocido contigo :)

Todo irá bien.


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Empezamos.

Hacía mucho tiempo ya de mi último paseo comidista.

¿No he viajado? Menos de lo que me gustaría. A veces, tengo la sensación de que el viajar se ha complicado un poquito y que ya no soy tan joven como antes y me inquieta... Sin embargo, siempre surgen oportunidades y hace unos días tuve la suerte de poder pasar un fin de semana en París.

Ir a esta ciudad siempre es recomendable, el plan no tiene fisuras. Con solo pasear y comer croissants en buena compañía se puede ser todo lo feliz que una quiera. Este sería mi resumen del paseo comidista, pero para los que os gusten mis textos sabaneros, me voy a extender un poquito más.

Ha sido un viaje turístico en el que no contábamos con recomendaciones locales de restaurantes, tiendas o bistrots a los que ir. Por tanto, jugamos la carta del azar y a veces salió bien y a veces no. Callejeamos por zonas emblemáticas y también por zonas no tan transitadas y paramos allí donde el hambre, el frío o el cansancio dictaran.

Advirtiendo también que no fue un fin de semana de lo más saludable comidísticamente hablando —por si alguien está en este blog mas perdido que un pulpo en un garaje buscando en un viaje a París recetas sin queso o mantequilla— vamos al lío.

Día 1

Llegamos el viernes por la noche y subimos hasta Montmartre. Mi rodilla quejumbrosa aguantó bien las tropecientas escaleras y vimos el horizonte de París con niebla y frío. Ya al subir (semos gente previsora) habíamos fichado un pequeño lugar con encanto en una callejuela secundaria sin demasiada gente que pintaba bien. Así que al bajar, allí paramos. Se llamaba L'été en pente douce.


Sintiéndome Amélie Poulain.
Pedimos una sopa de cebolla. Esta versión de la sopa era súper aromática (romero, tomillo, estragón) y muy picante, tanto, que me hizo quitarme la capa jersey cual cebolla (de ahí el nombre). El otro entrante que probamos fue una terrine de jambon (una especie de fiambre frío de jamón asado) que no estaban muy allá, sin embargo, la aparentemente sosa ensalada que lo acompañaba sí que estaba muy buena. De segundo, para compartir, pedimos un trozo de quiche Lorraine que cumplía más que de sobra las expectativas. Para postrear, una rica tarta de ciruelas y limón acompañada de nata de verdad. Yo no suelo pedir cosas con nata montada en España porque la nata es una chufla normalmente, pero ains, cuando está buena, qué buena está.


La sopita con su costra de queso crujiente y sus croutons que son los primos elegantes de los picatostes.
8º mandamiento. No codiciarás el salmón de tus vecinos de mesa.


Yo por un momento pensé que nos iban a traer la quiche entera.


Día 2

Desayunamos en un barecillo cerca del hotel: cacao con leche, zumo de naranja (no natural, decepción) y un croissant. El cruasán medio en Francia debe ser como uno bueno aquí. Así que tan contentos. Ya teníamos energía para caminar. 


Desayuno sin diamantes.

Nuestro plan era bajar por el boulevard de La Villette hasta Belleville y tuvimos la suerte de que los sábados montan puestos de mercado en una zona de la calle. Es un mercadillo de barrio, para ir a hacer la compra semanal, con sus vecinos, su algarabía... daba gusto verlo. ¡Qué puestos! 

Se podía comprar de todo: hortalizas, frutas, hierbas frescas, quesos, mantequillas, pan, dulces, carnes y pescados, comidas preparadas regionales y exóticas, flores... Me puse muy contenta porque nos lo encontramos de casualidad y lo disfruté como una enana. En ese momento caían chuzos de punta, pero gracias a las lonas de los puestos, se amortiguaba la lluvia.


Piensa en verde. 
Mi amigo Ramón solo se alimenta de esto durante el confinamiento.



La casa del quesero, ¿que sería? Perdonadme.

Su Excelentísima Majestad, Alcachofa I de Cedeira.

Untémonos de hummus. Hummémonos.

Aquí sí que había quiches enteras.

Tan pronto un toldo de pescadería como una caseta de playa

Más adelante, en Belleville entramos en la primera boulangerie pâtisserie y pedimos un brioche de canela (aunque, tras probarlo, era más un cinnamon roll yankie, ejem) para seguir con la ardua tarea de ver barrios bonitos.

Hacia la hora de comer estábamos paseando por Le Marais y el tercer arrondissement (distrito) y nos acercamos a ver le Marche des Enfants Rouges. Es uno de los mercados que se conservan más antiguos de París, es pequeño, con encanto (todo en París tiene encanto 😂) pero hoy en día es un mercado claramente enfocado al turismo. Tiene puestos de venta y también para comer. Lo vimos, siempre está bien ver cosas, pero desestimamos la idea de comer allí. En general, fue difícil encontrar donde comer en ese barrio, había mucha gente en hora punta.

Sin embargo, nos encontramos un local de estética hipster que ofertaban sandwichs variados y sopa del día y nos pareció una buena opción para comer algo, descansar y no darle muchas más vueltas al Marais ya que para ese momento es posible que llevásemos doce o trece kilómetros recorridos. Cosi, así se llamaba el lugar, quizás no es el sitio que de entrada buscaríais, no suena a francés, pero nos gustó mucho. Bueno, bonito y relativamente barato. Nos tomamos un bol enorme de crema muy sabrosa de zanahoria y coliflor y un bocadillo de pan parecido a la focaccia que horneaban allí mismo en un horno de piedra, había un tipo amasando y horneando en bucle. Mi relleno fue de pavo y manzana con curry y no fui capaz de acabarlo. Además, una cosa buena es que en Francia, por normativa, en todos los sitios te deben ofrecer una jarra de agua del grifo de forma gratuita.


Se podía nadar ahí dentro.

Ir a París y comer un bocadillo, Paul Bocuse llora en un rincón.
No tomamos postre, pero al rato, tras un amago de siesta en un banco de la plaza de la Bastilla —no tenemos vergüenza—, pedimos una porción de flan de apricot en otra panadería y nos la comimos por la calle. El flan parisiene o flan pâtissier es una tarta de masa quebrada, masa sablé... rellena de una especie de crema pastelera con nata con una textura cercana a nuestro flan que está maravitupenda que diría mi amigo Juan.

Seguimos caminando y comenzó de nuevo el diluvio.

La paseanta que escribe empezó a encontrarse debilucha, cansada, algo mojada y con mucho frío —aclaro que yo el viernes tenía fiebre y fui causando incomodidad comprendida entre mis compañeros de vuelo— y necesité otra parada táctica. El momento crítico nos cuadró en la ribera del Sena, no lejos de Notre-Dame y entramos en un café con terraza acristalada donde había gente con té y pastas, cerveza y comida o copazos. Toda una mezcolanza representativa del turismo de la ciudad. Si menciono este lugar es porque pagamos cinco euros por un menta poleo de sobre y otros cinco por un café con leche. Que carisino. Se veía venir.

Un poco más adelaaaante... hay un verde naranjeeel... 

Retomo. Un poco más adelante, después de haber visto las obras de Notre Dame (os recomiendo entrar al post de Webos Fritos sobre las obras de la catedral), la Ile de la Cité, acercarnos hasta el Pompidou y al Louvre para empaparnos de arte y cultura por transmisión aérea (ya que no entramos en los museos) nos comimos una crêpe (de crema de avellanas y chocolate y de queso respectivamente) en un puestillo callejero. 

Con el visto bueno de la merienda seguimos ruta hacia el Barrio Latino y los Jardines de Luxemburgo que estaban cerrados, como el resto de parques y jardines de París, por temor al viento. Siendo de Coruña y viviendo en el faro, aquello no era viento, sino brisilla y no tenían porque haber cerrado los jardines sino abrirlos para mi disfrute.

Por la noche salimos a cenar por la zona del hotel después de haber descansado un ratiño. No fue la mejor experiencia, escogimos una especie de restaurante cerca de la zona de la Gare du Nord, pero no nos trataron muy bien. Nos cobraron el agua y no fueron precisamente amables. No fue esta la tónica del viaje, pero lo que sale mal, pues también se puede contar. Cenamos una ensalada correcta y un croque-madame y un croque-monsieur muy mejorables. Así que los mejoraremos en el blog un día y me quedaré a gusto.

Este platillo consiste en la versión francesa del sandwich mixto: un emparedado relleno de jamón cocido y buen queso, cubierto por salsa bechamel y gratinado. Se diferencian en que el croque-madame, además, lleva un huevo a la plancha encima. 


Este NO fue nuestro croque-madame, pero el amigo Stu Spivack de flikcr me deja compartir su foto.
Día 3

Tras la experiencia del día anterior, decidimos no desayunar cerca del hotel y hacerlo en alguna de las muchas panaderías que nos encontrásemos por el camino. De esta manera, no iríamos mirando sus escaparates como personillas que llevaran días sin comer y nos evitaríamos la tentación y liada posterior de Jean Valjean. Además, teníamos dos plátanos traídos desde Galicia con los que yo no pensaba volver y se podía así predesayunar.

Llegando a la zona de la Ópera compramos un croissant y un chausson de pommes y en una cafetería cercana pedimos un café. Aprovechamos el barrio para entrar en alguna épicerie (ultramarinos) y tiendas de quesos que estaban abiertas para ponernos los dientes largos.


Mi reino alcachofero vendido al primero que me traiga un hojaldre diosmediante.


Dámelo todo.
Si no apruebo las opos, me monto un tinglao así en Coruña.

Nos esperaba la torre Eiffel. Poco después de pasar la iglesia de la Madeleine y la plaza de la Concordia empezó a llover muchísimo y ya no paró. Buscando refugio de camino a la torre, paramos a comprar una baguette para comer a pellizcos y aprovechamos para debatir profundamente sobre si elegir bollería con o sin "enriquecimientos" en la primera vez.

Explico el debate. Mi postura defendía que si una pieza de bollería está muy bien hecha, no le hace falta nada más. Por tanto, me gusta aprovechar los buenos sitios para probar cosas “austeras” (dentro de todo lo austero que puede ser un brioche con un 70% de mantequilla, ejem). La otra posibilidad es preferir de entrada aquellas piezas que lleven siempre algo más, véase crema, chocolate, frutas… Por ejemplo, yo siempre hubiera pedido la primera vez el flan del día 2 sin albaricoques. El punto de acuerdo fue probarlo todo y chimpún.

Como el día se complicó mucho meteorológicamente hablando, después de ver la torre Eiffel y sacarnos las fotos pertinentes, decidimos coger transporte público para llegar el barrio latino y buscar un sitio para comer. No dimos muchas vueltas y nos decidimos por un pequeño local, sin nada especialmente destacable, en el que pedimos de nuevo sopa de cebolla para entrar en calor (mejor que la de la primera noche) y una crêpe de queso para madame Cernuda y una pasta con pollo y mostaza para monsieur Dapena.


Dos tazas de sopa, por favor. 
Reinterpretación francesa del plato de Harvard. 

Como ya no se podía pasear más, pues había ratos de aguanieve y mucho viento desagradable, pasamos lo que nos quedaba de tarde antes de irnos al aeropuerto en una cafetería con vistas a Notre-Dame, tomando un chocolate y jugando al Mastermind

Eso, también es París.


¿Quien no se acuerda de Johnny Depp en Chocolat? ;)

28 de febrero de 2020

pollo guisado con almendras


La receta de hoy es un pollo guisado normal. Un guiso que se hace a ojo, que tiene tantas variantes como personas e ingredientes haya en la nevera (los ingredientes, claro, que las personas en la nevera no nos gustan) y que solo pide un poco de chop chop y un buen pedazo de pan.

Lo bonito de lo simple para un febrero acelerado.

Y me voy a París y espero volver con algo que contar.


Ingredientes (para 2/3 personas)

· Medio pollo
· Una cebolla
· Medio pimiento amarillo
· Un tomate maduro
· Una zanahoria
· Un diente de ajo
· Un vaso de cerveza
· Un buen puñado de almendras
· Sal
· Pimienta negra
· Aceite de oliva
· Harina
· Perejil

Preparación

1. Enharinamos los trozos de pollo teniendo cuidado de sacudir el exceso de harina. 

2. Freímos por tandas el pollo en aceite de oliva hasta que esté dorado. Vamos reservando en una fuente.

3. Pelamos y picamos la cebolla, el pimiento y la zanahoria.

4. En el aceite de freír el pollo comenzamos a pochar las hortalizas a fuego suave. Lo sofreímos todo hasta que esté dorado.

5. Cuando tengamos las hortalizas pochadas añadimos el tomate y las almendras. Dejamos cocinar unos minutos más.

6. Incorporamos la cerveza. Dejamos que hierva para evaporar el alcohol. Echamos los trozos de pollo. Rellenamos con agua o caldo de verduras hasta cubrir la carne.

7. Cocemos el conjunto lentamente durante 30 minutos removiendo de vez en cuando.

8. Pasado ese tiempo retiramos con cuidado los trozos de carne de la olla y trituramos la salsa con una batidora. Rectificamos de sal y pimienta. Volvemos a incorporar el pollo y dejamos que alcance de nuevo el punto de ebullición unos minutos. 

9. Espolvoreamos con perejil y servimos acompañado de patatas fritas o arroz blanco. Incluso a mí me gusta mucho también cortar unas judías verdes el tiras muy finas y servirlas con el pollo.

Notas

- Es una salsa que admite muchas variantes (podéis cambiar las hortalizas manteniendo la cebolla y la zanahoria principalmente, los frutos secos, la cerveza por sidra o vino).

21 de enero de 2020

bizcocho de limón y arándanos



¡Feliz 2020!

Nunca una sabe cuando va a ser la última vez que le feliciten el año entrante.

Lo vamos a estrenar con una receta de bizcocho. Una variante de un éxito del pasado de este blog, actualizado a los tiempos modernos (y menos azucarados) en los que ya "reinterpreto" recetas y me da menos miedo inventarme cosillas o variar cantidades de las recetas originales. Se llega a tener una lógica y un ojo bizcocheros.

Lo que no es un invento de mi persona y está garantizada es la combinación excelsa de limón, arándanos y semillas de amapola. Esta vez, en las notas no os voy a proponer versiones de "aromáticos" porque esta es perfecta en su perfectitud. Y así debéis probarla.

Ingredientes

· 4 huevos
· 60 g de zumo de limón
· 50 g de aceite de oliva suave o girasol
· 150 g de kéfir
· 100 g de nata
· 250 g de azúcar
· Ralladura de dos limones grandes
· 400 g de harina
· Un sobre de levadura química
· Una pizca de sal
· 2 cucharadas de semillas de amapola
· Arándanos

Preparación

1. Comenzamos batiendo los huevos con una batidora de varillas y sin dejar de batir vamos añadiendo el resto de ingredientes poco a poco y en ese orden (excepto los arándanos).

2. Volcamos sobre un molde previamente engrasado. Echamos ahora los arándanos sobre la masa y los mezclamos para que queden bien distribuidos.

3. Introducimos en el horno precalentado a 180 ºC durante 45 o 50 minutos. Podéis comprobarlo con el truco del palillo.

3. Retiramos del horno, esperamos 15 minutos antes de desmoldar y dejamos enfriar del todo.


Notas

- Si no tenéis kéfir y nata, podéis sustituir por 250 g de leche entera mezclada con yogur natural.
- Ni una casa sin limonero, es otra dimensión lo de estos limones :)



Vuestras fotos

El bizcocho de Pablo que es mi lector preferido. 



23 de diciembre de 2019

bollos suecos de Santa Lucía


Tenía (y tengo) una colección de cuentos de Leo Leo que leía bastante de pequeña. En uno de ellos se comentaba que la Navidad en Suecia comenzaba el día 13, día de Santa Lucía. 

En esas páginas, se mostraban ilustraciones de niñas suecas, con coronas verdes, rubias trenzas y vestidos blancos, que portaban velas y dulces. A la "pequeña yo" de ocho años no podía hacerle más ilusión que toda esa magia de la navidad se vinculara al nombre de Lucía. De alguna forma, yo me sentía un elfo sueco.

Y así crecí. No me juzguéis. Muy de cuentos de hadas, estampas bucólicas y frutas del bosque. 

A día de hoy, sin perder la esperanza de parecer una modelo sueca, he optado por replicar lo que sí está de mi mano y traeros la receta de los bollos de Santa Lucía.

La he tomado del libro Postres y otras dulcerías de Pamela, la autora del blog Uno de Dos aunque también la tiene en su blog. La he chequeado con la receta de Miriam en María Lunarillos, pero sobre todo os recomiendo pasaros por este blog de Vivir en Suecia donde nos relata profusamente toda la historia de los lussekatter o lussebullar (el nombre sueco de los bollitos) y donde he tomado prestada la siguiente imagen.


Yo me veía así de pequeña.

Ingredientes (unas 12 piezas)

· 320 g de leche entera
· 500 g de harina de fuerza
· 50 g de mantequilla
· 80 g de azúcar
· Un huevo para la masa + un huevo para pincelar
· Una pizca de sal
· 15 g de levadura fresca o 5 g de levadura seca
· Una cucharadita de semillas de cardamomo
· Cerezas o pasas secas

Preparación

1. Calentamos la leche en un cazo con las hebras de azafrán. Mientras se templa, el azafrán infusiona la leche dándole color. Añadimos la mantequilla para que se derrita y la levadura para disolver.

2. En un bol mezclamos los ingredientes secos: la harina, el azúcar, la sal y el cardamomo molido. Incorporamos ahora la mezcla de leche y el huevo y comenzamos a amasar.

3. Tenemos que amasar hasta conseguir una bola elástica, lisa y brillante. Podéis ayudaros de una amasadora o practicar el amasado francés, o mezclar métodos. En ambos casos, ayuda amasar durante un par de minutos y dejar reposar la masa otros diez.

4. Una vez obtenida la masa, la dejamos fermentar en un cuenco engrasado hasta que casi duplique su volumen. Esto dependerá de la temperatura ambiente, ahora en invierno, cuesta un poco más que arranquen.

5. Sacamos la masa del bol sobre una superficie ligeramente engrasada o enharinada. Desgasificamos la masa apretando suavemente con los dedos.

6. Hacemos porciones del mismo peso (aproximadamente unas 12). Las preformamos en forma de rollito y las dejamos reposar cinco minutos para que después sea más sencillo manejarlas.

7. Estiramos el rollito hasta obtener un cordón de unos 25/30 cm y de sección uniforme. Le damos forma de S enrollando los extremos y fijándolos bien para que no se separen en el horno. Colocamos una cereza seca o una pasa en cada unión.

8. Pincelamos los bollos con huevo batido y los colocamos en una bandeja forrada con papel de hornear para que fermenten por segunda vez (aproximadamente unos 30 o 45 minutos).

9. Cuando hayan levado de nuevo, volvemos a pincelar con huevo batido y horneamos unos 20 minutos a 180ºC.

10. Dejamos enfriar sobre una rejilla.

Notas

- La bollería casera no aguanta mucho tierna, pero al día siguiente podéis tostar los bollitos  o pasarlos por la sartén con un poco de mantequilla y tienen una segunda salida muy digna.
- No os desesperéis con la masa pegajosa del principio, si no domináis la técnica de amasar, apoyaros mucho en los reposos de la masa. Os lo hará mucho más fácil.
- Es importante que para estas masas enriquecidas intentéis buscar harina de fuerza.
- Tenéis otras recetas de bollos de este estilo en el blog: panecillos de leche, brioche de calabaza o caracolas de crema de chocolate. Aún me faltan muchas, ¡son las masas que más me divierte hacer!