10 de septiembre de 2014

fondue de pescado

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor...

Casi.

Situémonos. Lugar de Corredoira. Año 2014 dC. Pero... los galos siguen estando, siendo irreductibles y comiendo grandes cenas de jabalíes asados. Y a veces pescado.


Ordenalfabétix toma el protagonismo. O casi mejor no...

La fondue de pescado es una de las mejores cenas de todos mis veranos desde que tengo uso de razón —y siempre he sido una niña muy razonable—. Marisa y Jan, suizos ellos, son sus principales artífices. El resto, colaboramos. Es una comida en las que primero se comparte el cocinar y después el comer. Hay algo de especial en eso.

La receta en sí no tiene ningún misterio: se cuece pescado en un buen caldo y se acompaña con salsas y arroz. Es fundamental, por tanto, la calidad de la materia prima.

¿Qué es lo que la hace diferente? Cómo se come.


Es una cena historiada en la que se precisan artilugios y cachivaches varios. Además es muy comunitaria. Empecemos...

Previamente a la cena.


Lo primero que necesitamos es una marmita. En ella prepararemos un rico caldo o fumet con las espinas y otros restos de pescado, verduras (cebolla, puerro, zanahoria) y alguna hierba (laurel, perejil, etc).



Después hay que trabajar el pescado. Es lo más tedioso. Necesitamos trocitos magros, es decir, hay que darse el curro de limpiar, desespinar y trocear los diversos tipos de peixes. A saber: san martiño, rape, merluza, bonito... y a veces también gambas y vieiras. Se calculan unos 200 g de pescado magro por persona.


Eran uno, dos y tres...
¡Ghuapo!
Pixín.
Ya nadie quería hacer cartelitos. Pobre merluza.
Mi prefe.
Para bailar la gamba... (Shhh, no coments a mi chiste, jajajaj).
Vieiras del camino.

También hay que preparar un sinfín de salsas. A Marisa no hay quien la gane en esto. Con base de mayonesa, de yogur, vinagretas, aliolis, tártaras, rosas, con mostaza, hierbas, encurtidos, etc. Ella hace cuenquitos de salsas —todas buenas— por doquier. Eso sí, la mayonesa que se la haga Miguel. Y curiosamente Corredoira es el triángulo de las Bermudas de la mayonesa. Siempre hay alguna que se corta. Cualquier invicto de esta salsa, pasará por allí y obtendrá una mancha en su historial mayonesero. Non hai que facerlle. Os reto.

¡Saaaaaaaaaaalsa!
La mano que mece la cuna.

Luego hay que preparar un par de vistosas ensaladas y un bol de arroz, normalmente un arroz largo, especiado, tipo basmati.


Yo ya cenaba con la ensalada. Menudo bodegón.
La mesa.

Ahora hay que poner la mesa. Y no es sólo plato, copa y tenedor y ¡ups, se me olvidaron las servilletas! ¿Quién las trae de la cocinaaaaaaaaaa? No. También necesitamos:


Caquelons. El cazo donde se hace una fondue. Tienen que ser sólidos, con un buen soporte estable, para evitar posibles accidentes.   

Soporte caquelon modelo triángulo equilátero distorsionado por la perspectiva.

Soporte caquelon modelo circular con palmeritas de hojaldre de hierro.
Soporte caquelon modelo de ladrillo improvisado.
Butanón.
Quemadores. Es lo que calienta el caquelon. Se rellenan con alcohol y se prenden.


Quemadores sobre nevera.

Cestillos. Donde colocarás tus trozos de pescado para después cocerlo en el caquelon. Es importante que te familiarices con él. Es TUYO y solo tuyo. Que nadie te lo quite.

Durante muchos años usamos unos preciosos cestillos hechos a mano de cobre. Yo ya nací con ellos listos, pero me imagino a toda la tropa del faro dándole a la artesanía, quinto mediante, en largas noches de palique. Y sé que no estoy muy desencaminada.


Autoconstrucción de cestillos.
Son muy laboriosos de limpiar después. Hay que hacerlo con un cepillo de dientes, con mucho cuidado, para que no queden restos de pescado entre el alambre. Como la fondue es una cena multitudinaria, ahora tenemos unos cestillos que se pueden lavar en el lavavajillas. Y también son bonitos.


Cestillo moderno.
Son de oro y de plata.
Sobre la mesa hay que disponer varias zonas de cocción según el número de comensales. En cada caquelon pueden comer cómodamente cuatro personas, seis queriéndose mucho. En esta ocasión había cuatro caquelons, uno en cada esquina, rodeados de sendos platos de pescados y salsas diferentes. La idea es tener todo repetido en cada zona de la mesa para que no haya que estar pasándose cacharros.

Self service.

Estado previo a la jauría.

Y en el medio, un bonito centro de flores, pues no hay cena en Corredoira en la que Marisa no haga uno. 


Detallitos.
La cena.

Una vez están listos todos los preparativos, lo más difícil es que el personal se siente a comer. Cuando oigas ¡Á taaaaable! es la señal. No te hagas esperar y búscate un buen sitio. La pole es importante. Cerca del mejor caquelon y con buen acceso al resto.
 
¡Sólo falta el caldo! ¡Que alguien traiga el caldo!

 Procedimiento.

1. Escoges un trozo pescado.
2. Lo echas en tu cestillo.
3. Lo metes en el caquelon cuando hierva el caldo.
4. Te peleas para hacer sitio con el resto de cestillos.
5. Lo cueces a tu gusto.
6. Mientras se cocina te pones un par de salsitas, un poco de ensalada, un poco de arroz.
7. Lo sacas y te lo comes.

Y vuelves al punto 1. Entonces te darás cuenta de que cocer UN trozo de pescado cada vez es una absoluta pérdida de tiempo. Caerán tres. Ya te has profesionalizado.


Cogiendo ritmo.
Recomendaciones. 

- La fondue es para comer despacio, disfrutando. No te embutas a arroz con salsa mientras se cuece el pescado. No se trata de eso. El arroz está pensado para tomarse al final, cuando el buen caldo del principio es aún mejor, ya que los diferentes trozos de pescado que se han ido cociendo en él, dejan su sabor.

- No te agobies si el resto de caquelons funcionan a todo trapo y a ti te ha tocado el lento y se va a acabar el pescado y tú sin cenar. Échales más vino a todos y en un descuido cámbiales el quemador. Verás que risa. Ojo. Siempre hay que tener mucho, mucho cuidado. El caldo quema, el fuego quema y la prudencia debe imperar.


En el fragor de la batalla.
- Procura probar todos los pescados solos, para conocerlos. También variar los tiempos de cocción hasta que encuentres el que más te agrade.

- No te pelees en demasía con tus compis de caquelon. No tires el pescado dentro del caldo. ¡Controla! No seas torpe. ¿Ese rape no era mío? ¡Ladrón! Devuélmelo. ¡¡Te has quedado mi cestillo, pedazo hijo de... !!

Se intuyen peleas.
Al final, siempre quedarán los fondistas. Los especialistas en fondues. Los corredores de fondo. Los que tienen paciencia y una amplia capacidad estomacal.



Pero seguro, habremos disfrutado todos. Bon appétit.

6 de septiembre de 2014

bonito con tomate


Es una de mis 1258 comidas preferidas.

Sé que hay que reducir el consumo de esta especie por el bien de nuestros mares y océanos. Con lo que me gusta el pececillo en cuestión (thunnus alalunga), este problemilla se suma a una (más) de las contradicciones en las que tengo sumida a mi persona. Parezco Santa Teresa.

Para "lavarme" la conciencia sólo lo preparo un par de veces por temporada: cuando voy al mercado, veo que el bonito ha sido pescado en el Cantábrico y su precio lo corrobora. Costaba entre 6 y 7 €/kg en los puestos de la plaza de Lugo. Más piropo incluido del pescadero. Uno de esos días además encontré unos tomates muy buenos a 0,80 €/kg porque estaban casi pasados. Pedían a gritos ¡quiero ser salsa! Yo no sé decir que no. Me llevé 2 kg.


Y llegué a casa y lo preparé con "mucho amor y cariño". Era un día especial entonces y es un bonito día hoy para publicar. Que menos que disfrutarlo.

Pd. De la procedencia de las conservas de bonito del norte y la legislación española se puede leer aquí ya que es otro tema controvertido.


Ingredientes. (6 personas)

· 1,200 kg de bonito del norte.
· 2 kg de tomates maduros.
· Un par de cebollas.
· Sal.
· Harina.
· Aceite de oliva.
· Azúcar.

Preparación.

1. Pelamos y picamos la cebolla en trozos pequeños. Lavamos bien los tomates y les quitamos el pedúnculo. Los troceamos en cuartos.

2. En una sartén ponemos dos o tres cucharadas de aceite y sofreímos la cebolla a fuego medio. Cuando comience a dorarse incorporamos los tomates en cuartos con un poco de sal y un poco de azúcar. Después de 20 o 30 minutos trituramos la salsa de tomate por el pasapurés y la volvemos a poner al fuego hasta que obtenga la textura deseada (algo espesa normalmente).

3. Cortamos el bonito en pequeños trozos. Enharinamos. Damos unos golpecitos para quitar el exceso de harina.

4. Vamos friendo cada trozo de bonito en una sartén con aceite de oliva. No se trata de pasarlos mucho, sólo que cojan color. Reservamos sobre papel absorbente.

5. Echamos los trozos de bonito sobre la salsa de tomate. Cocinamos todo junto unos 5 minutos y servimos.

Recomendaciones.

- A la salsa de tomate le podéis añadir almendra molida, perejil, un toque de pimienta, etc.
- Se puede acompañar con arroz blanco, patatas fritas, pimientos verdes fritos, etc.

28 de agosto de 2014

paté de zanahorias


¡Zanahorias!

Era menester desempolvarse y trajinar algo por aquí. Sin brusquedad, que recién aterricé en la blogosfera y tengo que engrasar mis ejes. Aunque si a mí me gusta que suenen pa' que...

Diosito, qué facilidad para liarse.

Para completar la Trilogía de los "untables" comenzada allá por el pleistoceno, hoy os enseño un paté de zanahorias con receta de Estefa de Sekier. ¡Ñam!

Fácil, rápido y para toda la familia. Acompañado de boga boga mariñeiras ...imos pra Viveiro, xa se ve San Roque...


Menos mal que no tenéis audio ;)

¿Acaso tiene que actualizarse mi lista de éxitos interpretados?

Ingredientes.

· 4 zanahorias.
· 10 nueces.
· 3 ó 4 hojas de albahaca.
· Unas gotas de zumo de limón.
· Dos o tres cucharadas de aceite de oliva.
· Sal.
· Agua.

Preparación.


1. Pelamos y troceamos las zanahorias. Para cocinarlas podemos optar por la cocción, el asado o cocinarlas al vapor. En esta ocasión coloqué los trozos de zanahoria en un plato, lo envolví con papel film y lo introduje durante 10 minutos aproximadamente en el microondas.

2. Pelamos las nueces.


3. En el vaso de la batidora disponemos las zanahorias cocinadas, las nueces peladas, las hojas de albahaca, un par de cucharadas de aceite de oliva, el zumo de limón y la sal. Procesamos con la batidora. Corregimos con un poquito de agua en el caso de ser muy espeso.

4. Probamos y rectificamos de lo que consideremos necesario.


Recomendaciones.


- Acompañar con pan tostado, galletas mariñeiras, etc.
- Hay mil variaciones posibles, pero por eso mismo, intentaría probar esta tal cual. Cuando hagamos otra buscamos otro nombre y nos marcamos otro post.

22 de agosto de 2014

paseo comidista por Centroeuropa

Zascandileando por Centroeuropa algo tuve que comer (y beber).

No puedo decir que haya probado recetas eslovacas tradicionales. He conocido muy pocos eslovacos y mucho menos su cocina, pero os haré un acercamiento a lo que come una comunidad hippie de una montaña perdida de ese país. La información es poder y nunca se sabe cuando podréis utilizarla.

Tengo pocas fotos con las que ilustrar esta entrada, pero os emplazo a desarrollar vuestra imaginación e imaginar una "idílica" estampa en una bonita estancia con la cocina de leña en un rincón y una gran mesa de madera con bancos en el otro.



Las fotos bonitas son de Vicky y el resto, de internet o sacadas con mi móvil.

Desayunos. 8h. ¿Cómo se llena un plato de cosas?
 

La base fuerte del desayuno eran los cereales. Normalmente cocidos, hechos papas o tostados. Alternábamos mijo, avena, trigo sarraceno, espelta o arroz. Al amasijo de cereales se le añadían multitud de cosas variopintas. 

- Semillas de lino, amapola, cáñamo y sésamo trituradas y molidas cada día.
- Pipas de calabaza y pasas.
- Miel, azúcar, mermelada y/o canela.
- Manzanas, melocotones o grosellas.
- Té de hierbas campestres (menta, melisa, tomillo, etc).
- Leche de cabra recién ordeñada (solamente filtrada).

Los días económicamente buenos había yogur o crema de tvaroh. Abro paréntesis.

El tvaroh es el nombre en eslovaco para el quark, un producto lácteo fresco de elaboración diaria que se obtiene calentando leche agria (soured milk) hasta que se coagula y se deja secar en unas mallas de algodón. Tradicionalmente se realiza sin cuajo. 

Imagen sacada de este blog del que no tengo ni idea de lo que dice, pero confiad, es tvaroh.

Es muy común en Centroeuropa y Europa del Este y se utiliza para multitud de postres, salsas, panes, etc. Todos rebuenos. En Austria se denomina topfen y con ello preparan el topfenstrudel que tuve, de casualidad, la oportunidad de probar varias semanas después sin haberlo planificado. Ya fiché un blog con receta con muy buena pinta que espero experimentar en breves.

Nosotros íbamos a comprar el tvaroh a las granjas de la zona. También comprábamos allí la leche de vaca (
mlieko), el queso (sýr) y la mantequilla (maslo). Llegabas, llamabas a la puerta y pedías. Eso sí, en eslovaco a una señora de 70 años. El diálogo de indios era el siguiente:

Ahoj. Tvaroh. (Hola. Queso).— La señora entraba en su casa y salía con una bolsa de plástico. Afortunado eras si venía con el queso en cuestión. Señalaba el precio pintado con un boli (4 €/kg) sobre la bolsa, al más puro estilo súper de Luis.
Dekujeme. (Gracias).

Todo ello sin perder la sonrisa. Porque somos parcos en palabras pero abundantes en cortesía. En una ocasión, nos recibieron tres señoras (muy mayores) en paños menores descojonadas de la risa. Nos trajeron los lácteos en cuestión, pero no fuimos invitados a su ritual.

Cierro paréntesis. La crema de tvaroh se prepara batiendo el quark con una pizca de sal y miel o azúcar. Mezclada con melocotones picados fue uno de los mejores desayunos de la historia del tejado.

Otra idea que me quedo es la de tostar siempre la avena antes de hacerte el muesli casero y dorar el trigo sarraceno con azúcar y mantequilla para darle un toque crujiente.


Comidas. 12h. ¡Vivan las legumbres! ¡Vivan las especias!


Durante un mes hemos comido fundamentalmente a base de legumbres, sopas y ensaladas. Siempre teníamos menú vegetariano. Hasta ahí todo correcto. Sin embargo, la nuestra era una lucha contra el uso indiscriminado de especias en todos los platos. Siempre las mismas, siempre en grandes cantidades. Quiero recordar y hacer homenaje a los cocineros de alguna de aquellas comidas que mi paladar y mi estómago destacaron y recordarán entre todas las del mes.

- Hojas de remolacha hervidas con patatas y rehogadas nada más que con un poco de ajo y aceite de oliva. Natalia. En el maremágnum de curry, garam masala, canela y jengibre nos pondremos en plan Mies y diremos, menos es más. Yaaaaaa, ya sé que no es suya la frase, pero ¡carays!, estáis en todo.

Sabor: A casa de abuela con plato de arcopal.

- Calabacines rellenos de cuscús. Bara. Hacer calabacines rellenos para 18 en horno de leña es un mérito destacable, pero utilizar con acierto las especias es para quitarse el sombrero.
Sabor: A cena en un zoco de Xauen.

- Gazpacho. Estefa. Beberse 5 platazos de gazpacho en una misma comida es indicador suficiente de cuanto lo necesitaba. Me enfadé mucho cuando los hippies me dijeron que no podía triturarse el tomate porque perdía sus propiedades e insistir en prepararlo —y conseguirlo— fue mi dulce venganza.
Sabor: A verano y mar.

- Ensalada de pasta. Arbit. Una sencilla ensalada de espirales con nueces, pimentón, queso y tomate que comimos todos de un balde comunitario sobre la hierba después de unas cuantas horas de trabajo en el tejado. Era un no parar de meter el tenedor. Qué bárbaro. Cuanto comí ese día.
Sabor: A una siesta en un pinar mediterráneo. Cual Serrat.

- Postre de nueces, manzana y mantequilla. Pierre. Cuando las ideas surgen y se llevan a cabo en seguida, triunfan. Es un postre que repetiré. Se doran las nueces con mantequilla azúcar y canela. Se incorpora la manzana en láminas y se acompaña, de tenerse, con helado de vainilla.
Sabor: A merienda de cuento.

- Ensalada de tomate. Vicky. En mi última cena me regaló esta delicia. Una ensalada sólo de tomate con aliño de ajo, albahaca y aceite de oliva.
Sabor: A las cosas buenas de la vida. 

Cenas. A mí que me las den con queso.

En las cenas se sacaba el pan, la mantequilla y el queso. Garantía de que siempre se cenara bien. Además se acompañaba con sopas y/o ensaladas varias.

En Sekier hemos comido mucho queso de cabra. Se preparaba diariamente. Unos eran frescos, otros se dejaban curar. Se podían aderezar con pimentón, hierbas o simplemente sal. También comprábamos queso ahumado de vaca, un primo eslovaco del Sansimón.



Comidas comunitarias.
Cajón desastre.

El pan. Un día después de mi llegada, tocaba hornear pan.— Reivindico la necesidad de una plataforma de apoyo a la incorporación de los verbos to bake y to brew en español. Son MUY útiles.— Como os podéis imaginar, allí donde haya que meter las manos en la masa y mancharse mucho de harina, aparezco. Cual tímido pajarillo sobrevolé ese día la artesa ofreciendo mis servicios. Era una noche de tormenta, caían chuzos de punta y un alemán, una española y un francés sacaban pan ardiendo de un horno en la más completa oscuridad. Fue el primer acercamiento. Hubo dos más.



Primer intento antes de meterlo en el horno. Y no, el corazón no es cosa mía ;)
He perdido el miedo a hacer pan. Es lo que tiene empezar a lo grande y con maestro.

Era un pan denso y algo ácido. Comenzábamos con una masa madre de centeno, y posteriormente añadíamos 5 o 6 kg más de harina (mezclando trigo y centeno) y su correspondiente agua y sal. Había tres tiempos de reposo y levado de la masa: al activar la masa madre, al completar con el grueso de la harina y después de dar forma a las hogazas. En total tardábamos un día en completar el proceso. 

Se horneaba en horno de leña. Era importante encender el fuego con el tiempo suficiente para que estuviera caliente justo a la vez que los bollos terminaban su levado. Jaja. No acertábamos ni de coña como os podéis imaginar. Eso sí, he aprendido un truco (del almendruco) para saber cuando un horno está preparado para introducir el pan. Se echa un puñado de harina sobre la base del horno y se observa. Hay tres posibilidades:
- Si la harina se combustiona muy rápido, el horno está demasiado caliente.
- Si la harina se queda blanca, el horno está frío. ¡Más madera!
- Si la harina se va quemando lentamente, ¡ajá!, meted las hogazas, muchachos.
Una vez finalizado el horneado de los bollos, con ellos todavía ardiendo (esto es fundamental), los mojábamos con agua con sal para que obtuviesen una corteza brillante y crujiente. Nos duraban tiernos aproximadamente dos o tres días y comestibles, cinco o seis. Unos de los días nos comimos un bollo entero recién acabado, acompañado sólo de cerveza y un poco de mantequilla y paté de zanahorias. Aquel día empecé a llevarme bien con el país.

Segundo intento. Este día nos pasamos con el tercer levado.
Los dulces. En general, manifestábamos una carencia de azúcar importante (aunque fuese psicológica). Íbamos a la tienda y nos surtíamos de chocolate y otras perralladas en cantidades ingentes. La señora eslovaca de la tienda hizo su agosto a base de chocolate, patatas fritas y cerveza. Pero además teníamos otras fuentes de ingesta de dulce. Marta nos agasajaba en noches inesperadas con clases distintas de golosinas polacas, bien bombones, caramelos, galletas, etc. Para el cumpleaños de Pierre prepararon una tarta de queso y limón. Y cuando el pan estuvo duro cual pedrusco, hicimos pudin. Fue "simpático" hacer caramelo en aquella cocina.


¡Cumpleaños feliz para el amigo del limón!

Me aficioné al zrmzlina MÍŠA. Un sencillo y barato helado (0,40 €) de tvaroh recubierto de chocolate. He llegado a tomar helado justo después de desayunar, algo que no había hecho en mi vida y todavía no entiendo el porqué he esperado tanto.

Durante el periplo germano, en la pintoresca localidad de cuento de Rothenburg ob der Tauber nos encontramos con este dulce que hubo que probar: schneeballen (bola de nieve). Nos recordó a las orejas. La original y mejor para mí gusto fue la de azúcar glas. En otra pastelería nos encontramos una nota en el escaparate con la receta en inglés y en alemán.



Cientos de miles de schneeballen sacados de aquí.
¿Seis semanas? En mi casa nada dulce dura más de tres horas.
Cabe destacar también uso frecuente en repostería y panadería de las poppy seeds (semillas de amapola) en todo el centro y este de Europa. No confundir con the milk of the poppy de Juego de Tronos, freaks. De vez en cuando comprábamos makovník, una especie de bollo relleno de estas semillas que para un tentempié estaba bien bueno. Su versión húngara mákvirág kalács es realmente preciosa.

El imperio austrohúngaro decorando los pasteles. Imagen sacada de aquí.
La bebida.

Durante el mes eslovaco no ha habido nada muy destacable, lo más frecuente que tomábamos era té de numerosas hierbas, agua de menta y cerveza envasada. He bebido rakia pensando que era agua y he maldecido ese momento y al francés que la dejó en una botellita de plástico sobre la mesa común ;)



Teníamos una vajilla tan dispar como bonita.
Visitamos una pequeña brewery en el pueblo Dobrá Niva donde probamos su cerveza, Dobrovar. A mí me gustó mucho. El bareto tenía una terraza agradable y nos tomamos unos cuantos litros entre todos. Hacía un calor impresionante, habíamos andado muchos kilómetros y el ambiente era propicio :)


Si es que no tengo fotos de nada, qué desastre. Esta es la terracita. Sacada de aquí.
En Alemania, al ir con mis amigos (muy) cerveceros, el nivel de exigencia subió algunos puntos. Catamos múltiples cervezas de trigo, tostadas y sin tostar (dunkel y heffeweize) y visitamos las instalaciones de la fábrica de Paulaner en Múnich. Nuestro guía era un tanto informal, llevaba unas cuantas encima, pero la visita estuvo bien. Si vais, hay que reservar antes y no os esperéis algo completamente enfocado al turismo como el museo de la Guinness en Dublin. Se ven partes de la fábrica y se degustan algunas cervezas y pretzel (¡si no se los comen los alemanes primero! Yo me quedé sin).

¿ola k ase? Cabra en huerta de Sekier.
En resumen, porque el post ha sido largo.

Me dejo muchas muchas cosas en el tintero: el trabajo en el huerto, las salchichas alemenas, las ensaladas de patata y repollo (con alcaravea), el borsch, agotar las frambuesas del camino, no probar finalmente ni halušky ni spätzle —no tengo perdón de dios, lo buenos que están los yogures por el mundo adelante y la envidia que me dan los mostradores de lácteos de los supermercados.

Es difícil resumir un mes y diez días de comidas totalmente ajenas a lo habitual. Si habéis leído todo, sois grandes. Agradecer a Moi sus mejillones en escabeche y a María el colacao por acercarme por un momento a casa. Y a todos los demás, el haber compartido mesa y viandas. Porque para mí, pocas cosas hay mejores :-)

26 de junio de 2014

tarta mousse de chocolate blanco y fresas


Es una tarta muy decorativa, Bus.

Traiciona todo cuanto principio tengo —comidísticamente hablando, claro— ya que en la descripción de la receta utilizo pegatina roja y dulce de azúcar para decorar, adorno el set de la foto con una servilleta monérrima de búhitos y globos y
empleo palabrejas cursis del país vecino como coulis.

La culpa siempre la tienen los franceses.

Pero lo vais a pasar por alto porque la tarta está muy buena. Es una receta estupenda de Mercado Calabajío y la foto principal la hizo María.

Aunque parezca que con solo mirarla pueden subir tus niveles de glucosa en sangre, creedme, no sucede tal. Si comes uno o dos (o incluso tres) pedaciños, claro. Toda no, no seáis asín.

Era para Elena y a ella le gustó. Me basta y me sobra. ¡Feliz cumple pequena! :)


Por lo demás, os quería informar, con una expresión tan macarrónica como cedeiresa, de que cierro el chiringuito temporalmente. Hasta agosto estaré embarcada en la misión de buscar nuevos postres para el bueno de mi amigo Federico, ardua tarea esta última, e intentando aprender un poquillo de cocina eslovaca. Entre otras cosas, claro.


Echaré (mucho) de menos el mar, el bonito, los tomates y soltaros parrafadas estrambóticas y sin sentido.


Pero volveré. Cuidadme el blog :)

¡Hasta entonces! 

Ingredientes.

Para la base de bizcocho genovés.

· 2 huevos.
· 60 g de azúcar.
· 30 g de harina.
· 30 g de harina molida.

Para la mousse.
· 4 yemas.
· 40 g de azúcar.
· 200 g de leche.
· 6 hojas de gelatina neutra.
· 200 g de chocolate blanco.
· 400 mL de nata para montar (35,1% materia grasa).

Para el coulis.
· 125 g de azúcar.

· 250 g de fresas.

Preparación.

Base de bizcocho genovés.

1. Precalentamos el horno a 180 ºC. Forramos el molde con papel de horno.
2. Separamos las yemas de las claras.
3. Añadimos el azúcar a las yemas. Batimos con varillas hasta que blanqueen.
4. Montamos las claras a punto de nieve.
5. Agregamos las claras con movimientos envolventes a la mezcla de yemas y azúcar.
6. Incorporamos la harina tamizada y las almendras molidas. Removemos suavemente y comprobamos que no quedan grumos.
7. Vertemos la masa sobre la bandeja de horno. Extendemos a lo largo y ancho de su superficie. Nivelamos bien.
8. Horneamos durante 15 minutos hasta que la superficie esté dorada.
9. Retiramos del horno y dejamos enfriar.


Coulis de fresa.

1. Ponemos a cocer las fresas con el azúcar a fuego medio durante unos 20 minutos.
2. Batimos con la batidora hasta que quede un puré muy fino. Si vemos que todavía está muy líquido, lo dejamos reducir un poco más.

Mousse de chocolate blanco.

1. Ponemos a remojo las hojas de gelatina en agua fría.
2. Blanqueamos las yemas con el azúcar con la batidora de varillas.
3. Calentamos la leche casi hasta punto de ebullición. Vertemos muy poco a poco, con un hilo continuo y fino, sobre la crema de huevo y yemas.
4. Colamos la mezcla anterior en un cazo y la calentamos hasta que espese dando vueltas con unas varillas. Es importante que no hierva pues la crema se cortaría. 
5. Cuando la crema esté espesa y todavía caliente agregamos las hojas de gelatina muy bien escurridas. Removemos hasta que estén bien integradas.
6. Echamos el chocolate blanco troceado y removemos hasta que se funda. Templamos.
7. Montamos la nata. Recordad, si están muy fríos tanto la nata como el recipiente montará mucho mejor.
8. Incorporamos la crema de chocolate blanco a la nata montada con mucho mimo, siempre con movimientos envolventes para que no baje.

Montaje de la tarta.

1. Colocamos la plancha de bizcocho genovés en el molde. Podemos pincelarla con algún alcohol.
2. Napamos el bizcocho con parte del coulis de fresas.
3. Vertemos la crema de chocolate blanco.
4. El resto del coulis lo metemos en un biberón. Dibujamos una espiral de coulis sobre la crema (antes de que cuaje). Ayudándonos con una brocheta, trazamos círculos haciendo "garabatos".
5. Enfriamos, al mínimo 4 horas, pero mejor de un día para otro. Desmoldamos.

Recomendaciones.


- Mi molde es de 23 cm y con esas cantidades me ha salido una plancha genovesa de 1,5 cm aproximadamente. Yo la he "adelgazado" con un cuchillo. 
- El coulis creo que a mí me gustaría más de frambuesa, en otra ocasión, lo probaré.
- La tarta hay que consumirla fría.